viernes, 27 de diciembre de 2019

Érase una vez


Un espacio laboral de locos



¿Existirá la felicidad laboral? No deja de sorprenderme la manera en que aprendemos cada vez más en los espacios laborales que nos toca convivir. A mi edad, he podido pasar por diversos; cada uno de ellos muy particulares y peculiares. Si me dispongo a escribir sobre todos los lugares donde trabajé, esta página no alcanzaría y sin duda, tendría que hacer una novela o una saga. Por eso escogí describir uno de ellos. Por razones de respeto a la privacidad, no mencionaré nombres de personas; aunque no me cabe duda que muchos se sentirán identificados cuando lo lean.

En la primera semana de trabajo participo de una reunión, todos se insultan, tres salen llorando del encuentro. Salgo asustada. Regreso al otro día y para mis asombros, todos se abrazan, ríen, cantan, comen, como si nada de lo ocurrido en la reunión del día anterior hubiese importado.

Cuando de comer se trataba, el almuerzo era un festín. No ganábamos mucho, pero con frecuencia almorzábamos juntos y explorábamos lugares nuevos para hacerlo a nuestro gusto. No recuerdo que en el momento de comer se hablara de trabajo. Las dietas se hacían de manera masiva, vigilando a quien sucumbía y no lograba cumplir con lo establecido en los requerimientos de Atkins o Bolio.

Las bromas pesadas las disfrutaban tanto las víctimas como quienes las hacían. Como aquella vez en que se falsificó una carta de cancelación para un compañero temeroso siempre de que eso ocurriera. O la llamada de atención por teléfono, cambiando el tono de voz, que se le hizo a un empleado por hablar asuntos privados con su esposa en horas laborables. Y como poder olvidar los avioncitos de papel que se lanzaban de un lado a otro por encima de una mampara.

Cada uno tenía sus particularidades, como aquel que nunca ponía un centavo en las recoletas que hacíamos para las celebraciones, pero quien estaba en primera fila para servirse del banquete; acto que obligó a popularizar la frase: “El que puso algo, aquí que venga”.

Con la creatividad a flor de piel, desde este espacio se tejía, en la imaginación de aquellas mentes, la protesta de ir a trabajar todos desnudos para exigir un aumento salarial; describiendo con detalles a uno de los empleados solo con sus botas puestas y una muy elegante solo con sus tacones altos. Se detallaban los lugares donde acabarían cada uno cuando fuésemos despedidos de la empresa; espacios que iban desde centro de meditación en la India para unos, o estilista en un salón de belleza, hasta cantante con cigarrillo en la boca, en un antro de perdición y por supuesto con unas medias panty de mallita y rotas, para una en especial.

Cabe recordar la creación de la mujer perfecta: con los brazos de una, los ojos de otras, los pechos de… las piernas de… y el cerebro de… O la recreación de cómo se hizo el bizcocho que todos comimos un día disfrutando al máximo y que después no enteramos fue fabricado en el Hospital Psiquiátrico.

Eran tiempos en que el WhatsApp no existía, pero teníamos nuestros memes tan potentes como el amplio mueble del feng shui o el soldadito de plástico que, colocado en un lugar estratégico, apuntaba la cabeza de una empleada que un creativo no quería tanto. Y poseíamos frases tan virales que aún se mantienen en los recuerdos: “Bueno..., estamos llegando a unos puntos” “De este lado hay gente trabajando” “Con ella hay que comenzar temprano”.

No cabe duda de que cada espacio laboral es distinto y único. Pero en este, daba la impresión de que todos fueron escogidos con una característica muy singular: sin mucho de cordura. Y quienes llegaban con ella, se despojaban en pocos días, sin presiones y de manera espontánea. Era un lugar de trabajo que todo visitante envidiaba. Éramos felices, solo que en ese momento no sabíamos cuánto.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

El baile




Un encuentro conmigo misma

“No sé si lo hago bien, solo sé que disfruto hacerlo”. Así les comento a las personas que me interrogan en torno a mi afición por el baile. Educada en un hogar con padres evangélicos tradicionales, el baile llegó tarde a mi vida. Ni los sermones, ni los castigos, por bailar a escondidas, pudieron con la naturaleza de mover el cuerpo que grita desde mis entrañas.  

Lo llevo en la sangre y tal vez lo heredé de mis raíces africanas. No recuerdo con exactitud cuándo  aprendí a bailar merengue y bachata. Tal vez fue en todos esos periodos de vacaciones navideñas en casa de las abuelas, momentos en el que, en contradicción con lo que me enseñaban mis padres, no saber bailar era casi una afrenta para estos parientes cercanos. 

El Son llegó primero y con sus pasos terminó arrastrando a la Salsa. En esos fines de semana en casa de mi amiga-hermana Nurys, la visita a La Vieja Habana era nuestro mayor compromiso. Cada sábado éramos puntuales a esa cita. Un grupo de amigas universitarias hacíamos de ese lugar un espacio de diversión sana. Entre pasos y risas construimos un mundo menos difícil. El hogar de Nurys se transformaba en el lugar ideal para perfeccionar los pasos y bajo sus sabios consejos en la maestría del baile, garantizábamos poder ser elegidas en la pista en la próximo fiesta. "El Son es un baile de exhibición. Ningún sonero que se respete bailaría con una amateur", eran las sabias palabras de mi amiga.

Me encanta ver los rostros de asombro, de quienes apenas me conocen, cuando me ven bailar. Es como si dijeran “¡Ah, también se atreve a bailar!”.  No tienen idea de que alguien trabajólica pueda hacerlo.  “Claro, como trabaja mucho, debe ser también aburrida y no debería bailar”, me parece escucharlos decir.

Expresar lo que siento por el baile es un poco complejo para mí. No es que sea otra cuando lo hago, es que soy yo misma cuando bailo. Al escuchar música, mi cuerpo se niega a estar quieto. En el último concierto de Navidad que fui en familia, mientras todos escuchaban atentos las lindas melodías, mi cuerpo se negaba a hacerlo, se movía al compás de éstas y ofrecía junto a los cantores otro de sus espectáculos.

Cuando bailo al ritmo de la música, mi mente es capaz de olvidar desventuras, tristezas, decepciones, desesperanzas. Vuelvo y repito, no sé si lo hago bien, solo sé que lo disfruto. Y es que a medida que mi cuerpo se balancea, doy la mejor versión de mí misma, una mujer alegre que responde con soltura y sensualidad a la música.

lunes, 7 de octubre de 2019

EL VIAJE




Sin rumbo, a ninguna parte, hay momentos en que dan deseos de emprender el viaje. Tomar el tren que quién sabe a dónde conduce y dejar detrás tanta desazón. Si se pudiera agarrar las vías de otros destinos más promisorios, ¿qué yo no haría?


Quien pudiera subirse al tren y dejar de lado la inequidad, injusticia, ausencia de oportunidad para todos, discriminación, corrupción, desamor, ignorancia, resignación, violencia…


Subir y mirar desde lejos sin sentirse tocado por la inmundicia que socava nuestro alrededor. Evasión a la realidad, dirán algunos; cansancio para luchar, dirán otros; deseos de escapar… quién sabes qué más.


Quien no quisiera tomar el tren vacío de las más crudas debilidades humanas. Pero mis rodillas se entumecen, los pies ni se arrastran. Debo quedarme y luchar. El instinto me exige respeto. Mi naturaleza reclama a grito que es hora de batallar.


Lo veo partir y me convenzo que todavía no es el momento de subir a ese tren, no vaya a ser que tratando de escapar arrastre conmigo a todo ese lastre del que tanto huyo.




viernes, 20 de septiembre de 2019

¿Qué estás leyendo mujer?




 Cuando el libro te encuentra




Me encanta cuando algún libro llega a mí y me descubre. Es algo mágico y me pasa con mucha frecuencia. Entra a mi vida, sin estarlo buscando, de manera inadvertida, como por casualidad, y se instala en mi alma con las palabras adecuadas, justo las que necesito en ese momento.

Aunque este hecho me ocurre a cada momento, quisiera detenerme hoy con el libro que estoy acabando de leer en este instante. No es reciente, ya muchas mujeres lo han leído, pero para mí es la primera vez, sabiendo a ciencia cierta que no será la última.

Estaba leyendo el libro Mandatos familiares ¿qué personaje te compraste? Libro que me sedujo desde sus primeras páginas cortándome el aliento hasta el final. Es de la autora argentina y gran amiga Diana París. En sus páginas cita con frecuencia Mujeres que corren con los lobos. Entonces, este libro despertó mi curiosidad. Tengo la costumbre de seguir hurgando sobre los libros que son citados en otros. Así que quise profundizar inmediatamente en esta obra de Clarissa Pinkola. 

Motivada por los aciertos con que Diana París lo aborda en su texto, me dispuse a buscarlo, con el convencimiento a priori de que por el año de su edición no daría con tan apreciada joya. Sin embargo, casi a un año de comenzar su búsqueda llegó solo a mis manos.

Mi sobrina, quien vive en Barcelona, decidió venir de vacaciones al país. Su habitación de soltera guarda tesoros inauditos. Para recibirla, su madre comenzó a desmantelar el espacio y llenar cajas de libros. Una de ella llegó a la mano de mi hija, quien estaba emocionada con el botín que le otorgaron. Ese domingo lluvioso, cuando entró por la puerta con su pila de libros no pude resistir la tentación y me acerqué de inmediato a ver el contenido. Fue así como en el último resquicio del envase vi que el texto estaba ahí esperando por mí y guardando en su interior un poema de amor. Levanté con entereza el tesoro buscado y me prendí de sus páginas asumiendo mi compromiso absoluto con su lectura.

Sus líneas me han hecho encontrarme conmigo misma, dar un viraje a mis acciones y emprender el camino de retorno al hogar. Es un libro que me ha colmado de emociones infinitas, me ha desnudado sin tapujos y me ha despojado de ideas y heridas nunca antes exploradas. Llegó en el momento justo, en el tiempo preciso y en las circunstancias requeridas; hecho que me permite confirmar que muchos libros te encuentran y te muestran sus grandes sabidurías cuando está preparada para asimilarlas.

Nunca antes había estado más cerca de mis ideas, mis sentimientos y de mí misma. Y aunque por un momento lamenté que llegara tarde a mi vida, ahora que lo pienso bien, siento que arribó cuando tenía que hacerlo, en el momento justo. Ahora espero con ansías al próximo libro que quiera encontrarme.

domingo, 15 de septiembre de 2019

LA INVISIBLE












Hoy desperté y tuve la certeza de mi propia invisibilidad. No quería aceptarla, pero he tenido que convivir con ella y me niego a permanecer en esta condición.

Llegué a un lugar lleno de jóvenes. La formación recibida en el hogar donde me críe, me exigía dar el saludo. Lo hice con entusiasmo, pero nadie me respondió. No me vieron.

Esa misma semana fui al médico. Él tomó mi expediente de análisis, lo leyó y en ningún momento me vio a la cara. Me hizo una receta y la colocó en la mesa, no en mis manos. Ni siquiera cuando daba las recomendaciones de lugar me miró el rostro.  Definitivamente no me veía.

Ayer fui al banco. Solo quería un estado de mi cuenta. La empleada tampoco me vio. Dio un vistazo a mi trayectoria financiera y reaccionó inmediatamente, mientras no dejaba de mirar los números y a mí no me veía. 

Unos momentos después me quedé enfrascada en un gran embotellamiento de vehículos. Ninguno de los chóferes me cedía el paso. Me rebasaban sin piedad, se tomaban parte de dos carriles, se pegaban de mi vehículo sin percatase que podían chocarme. Realmente no me veían, así que era INVISIBLE

Me creía importante, parte de esta comunidad llamada país, con derechos a una vida de beneficios de acuerdo a todo lo que aporto para el desarrollo de esta sociedad. Eso pensaba y eso sentía. Pero hoy, lamentablemente, me he percatado de que soy INVISIBLE, aunque vuelvo y repito me niego a seguir en este estado.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Cómplices de lectura


            
Tengo muchos compañeros de trabajos, algunos que otros amigos; pero cómplices de lectura poquísimos.  

Lejos de dejarnos adentrar hacia el significado negativo de la palabra cómplice, la quiero resaltar aquí como positiva. Ser cómplice es esa manera de hacer hazañas comunes junto a otro y en este caso tienen que ver con los libros.

Mis queridos cómplices a veces tienen gustos parecidos a los míos, otras veces no. Pero algo que si tenemos en común es que amamos los libros y disfrutamos leerlos.

Con mis cómplices puedo estar larguísimas horas hablando del último libro que estamos leyendo, de la nueva obra adquirida, de la próxima que queremos comprar…

Mis cómplices de lectura están ahí, siempre listos para el coloquio. Cada uno tiene su “algo especial”. Una de ellos me actualiza sobre las novedades, otro me pone al tanto de la saga del momento…

A veces he querido hacer cómplices a otras personas, pero no observo en ellas la misma pasión e interés cuando comparto entusiasmada la última idea revelada en un texto.

De todas mis cómplices la más cercana es una amiga especial con la cual el nivel de complicidad es tan grande que nos descubrimos a cada momento subrayando las mismas oraciones y párrafos, a pesar de la distancia. Tenemos gustos definidos por los temas de lectura y en la mayoría no coincidimos, pero cuando lo hacemos la conexión es total. Envío y recibo las imágenes de los textos marcados y nos encontramos con nosotras mismas a cada instante.  Leo párrafos en la que la descubro y ella lee metáforas e ideas que me desvelan sin tapujos. Entonces como un mandato divino ella me compra y envía el libro donde me redescubrió y yo repito la misma hazaña.

La verdad es que tengo mis cómplices de lectura y sin ellos leer nunca sería igual.



jueves, 5 de septiembre de 2019

¿Por qué escribo?







Hay dos faenas que desde pequeña la acogí sin imposición y con gran deleite. Entendí que sin estas dos tareas mi existencia sería más infeliz. Estas son leer y escribir. La primera me reconforta y me lleva por diversos lares. La segunda es mi manera de desahogo y de gritar mis quejas al mundo. Es la mejor forma que encuentro para hablar de mis sentimientos.

Son numerosas las razones por las cuales leo y escribo. Pero en este momento, más que explicar los motivos de porqué leo, quisiera aprovechar este espacio para contar porqué necesito escribir.

ü  Escribo para expresar mi amor profundo a los seres queridos.
ü  Las palabras orales me traicionan con frecuencia, pero la escritura me rescata sin reserva.
ü  Es una forma de encontrarme conmigo misma.
üCon la escritura puedo vencer mis miedos.
ü  Cuando escribo me proyecto hacia el futuro, reflexiono sobre mi presente y expreso mis añoranzas del pasado.
ü  Es la escritura bálsamo que calma mis tormentas internas, que aquieta mis demonios.
ü  Con la escritura anestesio mis instintos, mis deseos profundos, mis carencias de un momento.
    
     La escritura me salva a cada instante y es a ella que recurro cuando necesito reafirmar mi existencia, para no sentirme INVISIBLE mientras transito en espacios de tantas desigualdades e injusticias.