Un encuentro conmigo misma
“No sé si lo hago bien, solo sé que disfruto
hacerlo”. Así les comento a las personas que me interrogan en torno a mi
afición por el baile. Educada en un hogar con padres evangélicos tradicionales,
el baile llegó tarde a mi vida. Ni los sermones, ni los castigos, por bailar a
escondidas, pudieron con la naturaleza de mover el cuerpo que grita desde mis
entrañas.
Lo llevo en la sangre y tal vez lo heredé de mis
raíces africanas. No recuerdo con exactitud cuándo aprendí a bailar
merengue y bachata. Tal vez fue en todos esos periodos de vacaciones
navideñas en casa de las abuelas, momentos en el que, en contradicción con lo que me enseñaban mis padres, no saber bailar era casi
una afrenta para estos parientes cercanos.
El Son llegó primero y con sus pasos terminó
arrastrando a la Salsa. En esos fines de semana en casa de mi amiga-hermana Nurys,
la visita a La Vieja Habana era nuestro mayor compromiso. Cada sábado éramos
puntuales a esa cita. Un grupo de amigas universitarias hacíamos de ese lugar
un espacio de diversión sana. Entre pasos y risas construimos un mundo menos
difícil. El hogar de Nurys se transformaba en el lugar ideal para perfeccionar los pasos y bajo sus sabios consejos en la maestría del baile, garantizábamos poder ser elegidas en la pista en la próximo fiesta. "El Son es un baile de exhibición. Ningún sonero que se respete bailaría con una amateur", eran las sabias palabras de mi amiga.
Me encanta ver los rostros de asombro, de quienes apenas me conocen, cuando me ven bailar. Es como si dijeran “¡Ah, también se atreve
a bailar!”. No tienen idea de que alguien
trabajólica pueda hacerlo. “Claro, como
trabaja mucho, debe ser también aburrida y no debería bailar”, me parece escucharlos decir.
Expresar lo que siento por el baile es un poco complejo para mí. No
es que sea otra cuando lo hago, es que soy yo misma cuando bailo. Al escuchar
música, mi cuerpo se niega a estar quieto. En el último concierto de Navidad
que fui en familia, mientras todos escuchaban atentos las lindas melodías, mi cuerpo se
negaba a hacerlo, se movía al compás de éstas y ofrecía junto a los cantores
otro de sus espectáculos.
Cuando bailo al ritmo de la música, mi mente es
capaz de olvidar desventuras, tristezas, decepciones, desesperanzas. Vuelvo y repito, no sé si lo hago bien, solo sé que lo disfruto. Y es que a medida que mi cuerpo se balancea, doy la mejor versión de mí misma,
una mujer alegre que responde con soltura y sensualidad a la música.

1 comentario:
Muy bueno.
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