martes, 25 de febrero de 2025

 

Ayuno de Redes Sociales

Sí, me atreví a hacerlo.

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Ayer cumplí un mes sin hacer uso de redes sociales; solo el WhatsApp y por las obligaciones laborales. Por esta misma vía, ofrecí algunos saludos imprescindibles y a personas cercanas de verdad. Nunca antes me había sentido tan libre y productiva.

Gracias a Dios, la vida de otros en redes sociales no me quita el sueño. Llegué a una edad y a una etapa de la vida en la que me siento altamente agradecida, satisfecha y en disfrute pleno de todo lo que tengo; por eso lo que hagan los demás me tiene sin cuidado. No me deprime ver personas felices, con dinero, cenando en lugares costosos y viajando, porque me doy muchos de estos caprichos, aunque no los publique. Y si yo no hiciera lo mismo, tampoco me importaría. Sin embargo, debo reconocer que dedicaba varios minutos al día, viendo los éxitos de los demás  a través de sus publicaciones. 

Subir una foto en mi estado, me demandaba ver lo que subían los demás. Entrar a un red para ver el video que envió alguien por WhatsApp, me sometía a ver otros mensajes más en esa segunda red. Finalmente terminaba robándole hasta 30 minutos  a tareas más importantes.

Sí, me atreví a desafiar los presagios de que las redes te dominan y vencer las trampas que llegaban a cada momento. Con dos días de abstinencia, las notificaciones en una de mis redes se intensificaron: “tiene 99 mensajes que no has visto…" pero esto no impidió cumplir mi meta.

Alguien se preguntará ¿y qué con eso? Para mí los resultados positivos fueron inmediatos. Mayor nivel de productividad. Dos libros leídos en una semana, tres propuestas de proyectos de investigación y una de innovación, un listado de ideas creativas para mis clases, menos estrés, más descanso, mayor conexión conmigo misma y con los demás. Aunque no tengo pruebas científicas que esto lo provocó el ayuno de redes sociales, quiero pensar que para mí funcionó así, por lo que podría repetirlo varias veces.

Así que cuando vean que no he comentado sus estados, no he dado el ansiado likes a sus imágenes, no he aceptado la nueva invitación de amistad enviada y no he publicado mis escritos; no es nada personal, simplemente estaba en ayuno de redes sociales. Tal vez esta publicación de ahora solo sea una tregua.

martes, 4 de febrero de 2025

Amores que llegan tarde

Hay amores que llegan tardíos y no por ello dejan de ser apasionantes y al mismo tiempo tiernos. Y es que no siempre los enamoramientos surgen a primera vista. Puedes conocerlos antes, contemplarlos de lejos, sin saber que se convertirán en futuras pasiones.

Hay amores que vienen después de mucho tiempo. Llegan, se instalan, te abrazan y te subyugan con las caricias de sus palabras; hasta convertirse en amores eternos.

Eso es lo que pasa muchas veces con algunos libros. Te lo han recomendado hace millones de años (yo y mis exageraciones); pero no te has acercado a ellos. Te coquetean, sientes la inclinación enorme de comprarlos, pero se escabullen como quienes no quieren ser encontrados. Sin embargo, le llega su turno; se aparecen en la estantería de una librería cualquiera cuando no los estás buscando, cuando hurgas en otros títulos.

Eso ocurrió con Mi planta de naranja – lima. Lo compré, lo guardé y lo tomé ese día en que haría un largo turno en un consultorio médico por cita de mi madre, sabiendo que haría su lectura de un solo zarpazo.

La descripción de la pobreza en las palabras del niño Zezé, de casi seis años, tiene un matiz muy distinto. La incomprensión de las actitudes de las personas del mundo que le rodea cobra otro significado.  Zezé justifica sus travesuras, propias de su edad, por el diablo que lleva dentro; por lo menos eso le han hecho creer. Y tú como lector lo creerías si escuchas solo la versión de los vecinos pendencieros. Pero, cuando lo conoces de cerca y escucha su voz, sabrás con certeza de que Zezé es una sensible criatura, que te hace comprender la vida de otra manera.

Sufrir del dolor a una magnitud tan transcendental a esa corta edad, hace huir despavorida  la inocencia y obliga la entrada de la edad de la razón (adultez) de forma violenta y abrupta.

En esta obra se erige con fuerza la ternura, la sabiduría y profundidad de un niño precoz que narra con una perfección increíble las vicisitudes de una vida nada perfecta; por encima de la cruda historia de una familia tiranizada por el sufrimiento provocado por un padre sin empleo y una madre cansada y adolorida de trabajar por ser la única proveedora económica del hogar. Una familia martirizada por la existencia de hermanos también afectados por la privación persistente de dinero y comida.

Las emociones se imponen en el trayecto de cada página y se entrecruzan las ganas de reír y las ganas de llorar con tal ímpetu, que por momento no sabe cuál de las dos emociones subyugará a la otra. Su autor, José Mauro de Vasconcelos, se adueña de un lenguaje cargado de picardía, nostalgia, rico en vocablos; sin más pretensiones que la de transmitir los sentimientos genuinos de sus personajes.

Sin duda alguna, Mi planta de Naranja – lima quedará en mis recuerdos como una de las mejores obras literarias que haya leído. Posiblemente me sobreponga a la tristeza de algunas de sus páginas y saque fuerzas en las risas ocasionadas por algunas de sus líneas, para realizar una segunda lectura; porque después de todo, hay que dejar aflorar todas las emociones que solo te traen la llegada de grandes amores  como este.