domingo, 22 de junio de 2025

 

¿Qué estás leyendo mujer?


Cuando las ganas de comentar el libro no espera a su final

Comento los libros que me atrapan. Mis comentarios no afloran con la publicación de mis opiniones. Inician en el mismo momento en que comienzo a leer y voy subrayando cada idea que me emocionan. Escribiendo frases del texto voy estableciendo un diálogo con su autor y la manera de plantear sus posturas; pero espero paciente su final para escribir y publicar sobre lo que he leído.

Sin embargo, La generación ansiosa, ha puesto mi cabeza en un vilo. Me ha inquietado hasta la saciedad y se van tejiendo en mi cerebro cuadros comparativos, imágenes, ideas, planificaciones, clases por dar… Definitivamente es  un libro que me ha puesto a pensar.

Dos apartados de la segunda parte me han estremecido y son los culpables de mis sinsabores. El primero, Qué necesitan hacer los niños en la infancia y el segundo El modo de descubrimiento y la necesidad del juego con riesgos. Si mi cabeza se llena de preocupaciones cada vez que veo a una madre entregar a un niño pequeño un celular para jugar o cuando ella misma habla con sus hijos sin mirarles a la cara porque atiende su dispositivo, la lectura de estas páginas me ha llevado a sentir pánico de lo que estamos haciendo con la futura generación. De manera científica y basada en estudios, Jonathan Haidt demuestra el daño que los dispositivos hacen al cerebro de un niño.

“El juego es el trabajo de la infancia”. No se tiene certeza a quién pertenece esta frase, si a Jean Piaget o a María Montessori. Pero sí se sabe que el juego al aire libre debe ser mandatorio en la infancia, pues configura el cerebro del niño. También que el juego físico, con cierto grado de riesgo, es esencial porque enseña al niño a cuidar de sí mismo y de los demás. El uso del celular no le proporciona estas habilidades.

Destaca Haidt que el juego no supervisado es la clave para el desarrollo emocional de los niños, les enseña a tolerar los moretones, a gestionar sus emociones, a interpretar las emociones de otros niños, a respetar los turnos, a resolver conflictos y a jugar limpio. Darle un celular es privar a los niños de una infancia y adentrarlos a un mundo de adultos para el que no están preparados. Con el celular es difícil hacerse daños físicos, por lo que los niños no aprenden mucho sobre cómo no lastimarse. El autor hace bastante énfasis en una infancia basada en juego y esto quiere decir que se les debe proporcionar a los niños mucho tiempo para jugar al aire libre con amigos en un mundo real.

Los niños conectan con los adultos a través de las miradas, gestos, en conversaciones con ellos. Los niños aprenden a interpretar las expresiones faciales y las emociones del otro. Cuando su cabeza está baja, mirando la pantalla, no hay punto de conexión, no hay forma de leer la mente de los otros, ni mucho menos ponerse en lugar de los demás. Haidt se atreve a señalar que las nuevas tecnologías ya llevan mucho tiempo distrayendo a los padres de sus hijos y que los dispositivos son eficaces para interferir en el vínculo entre ambos.

Estas páginas se quedan cortas para la cantidad de ideas relevantes que se plantean en estos apartados. Sin embargo, no debe cerrarse este comentario sin abordar la relevancia que tiene que los niños configuren su cerebro mediante el descubrimiento. Y es que una infancia basada en el juego es el modo natural que tienen los niños para configurar su cerebro que tiende enriquecerse con el descubrimiento, pero si esa infancia está basada en el uso del celular estos niños estarían siempre en modo defensa. Los niños “necesitan pasar mucho tiempo en modo descubrimiento, porque es ahí donde tiene lugar el aprendizaje y el ajuste emocional” (113).

Los niños no se convierten en adultos plenamente capaces por sí solos, necesitan de personas mayores para guiarlos. Una vez que los teléfonos celulares entran en sus vidas, estos dispositivos tienden a desplazar o reducir significativamente las experiencias de actividades al aire libre que son cruciales para el desarrollo cerebral sano y para convertirse en adultos equilibrados. “Un desarrollo sano del cerebro depende de que se tengan las experiencias correctas a la edad correcta y en el orden correcto” (p.80).