¿Qué estás leyendo mujer?
Comento los libros que me atrapan.
Mis comentarios no afloran con la publicación de mis opiniones. Inician en el
mismo momento en que comienzo a leer y voy subrayando cada idea que me emocionan.
Escribiendo frases del texto voy estableciendo un diálogo con su autor y la
manera de plantear sus posturas; pero espero paciente su final para escribir y
publicar sobre lo que he leído.
Sin embargo, La generación ansiosa, ha puesto mi
cabeza en un vilo. Me ha inquietado hasta la saciedad y se van tejiendo en mi
cerebro cuadros comparativos, imágenes, ideas, planificaciones, clases por dar…
Definitivamente es un libro que me ha puesto a pensar.
Dos apartados de la segunda
parte me han estremecido y son los culpables de mis sinsabores. El primero, Qué necesitan hacer los niños en la infancia
y el segundo El modo de descubrimiento y
la necesidad del juego con riesgos. Si mi cabeza se llena de preocupaciones
cada vez que veo a una madre entregar a un niño pequeño un celular para jugar o cuando
ella misma habla con sus hijos sin mirarles a la cara porque atiende su dispositivo,
la lectura de estas páginas me ha llevado a sentir pánico de lo que estamos haciendo con
la futura generación. De manera científica y basada en estudios, Jonathan
Haidt demuestra el daño que los dispositivos hacen al cerebro de un niño.
“El juego es el trabajo de la
infancia”. No se tiene certeza a quién pertenece esta frase, si a Jean
Piaget o a María Montessori. Pero sí se sabe que el juego al aire libre debe ser mandatorio en la infancia, pues configura
el cerebro del niño. También que el juego físico, con cierto grado de riesgo, es
esencial porque enseña al niño a cuidar de sí mismo y de los demás. El uso del
celular no le proporciona estas habilidades.
Destaca Haidt que el juego
no supervisado es la clave para el desarrollo emocional de los niños, les enseña a tolerar
los moretones, a gestionar sus emociones, a interpretar las emociones de otros
niños, a respetar los turnos, a resolver conflictos y a jugar limpio. Darle un
celular es privar a los niños de una infancia y adentrarlos a un mundo de
adultos para el que no están preparados. Con el celular es difícil hacerse daños
físicos, por lo que los niños no aprenden mucho sobre cómo no lastimarse. El
autor hace bastante énfasis en una infancia basada en juego y esto quiere decir
que se les debe proporcionar a los niños mucho tiempo para jugar al aire libre
con amigos en un mundo real.
Los niños conectan con los
adultos a través de las miradas, gestos, en conversaciones con ellos. Los niños
aprenden a interpretar las expresiones faciales y las emociones del otro. Cuando
su cabeza está baja, mirando la pantalla, no hay punto de conexión, no hay
forma de leer la mente de los otros, ni mucho menos ponerse en lugar de los
demás. Haidt se atreve a señalar que las nuevas tecnologías ya llevan mucho
tiempo distrayendo a los padres de sus hijos y que los dispositivos son eficaces
para interferir en el vínculo entre ambos.
Estas páginas se quedan cortas
para la cantidad de ideas relevantes que se plantean en estos apartados. Sin
embargo, no debe cerrarse este comentario sin abordar la relevancia que tiene
que los niños configuren su cerebro mediante el descubrimiento. Y es que una
infancia basada en el juego es el modo natural que tienen los niños para configurar
su cerebro que tiende enriquecerse con el descubrimiento, pero si esa infancia está basada en el
uso del celular estos niños estarían siempre en modo defensa. Los niños “necesitan
pasar mucho tiempo en modo descubrimiento, porque es ahí donde tiene lugar el
aprendizaje y el ajuste emocional” (113).
Los niños no se convierten en
adultos plenamente capaces por sí solos, necesitan de personas mayores para
guiarlos. Una vez que los teléfonos celulares entran en sus vidas, estos
dispositivos tienden a desplazar o reducir significativamente las experiencias de
actividades al aire libre que son cruciales para el desarrollo cerebral sano y
para convertirse en adultos equilibrados. “Un desarrollo sano del cerebro
depende de que se tengan las experiencias correctas a la edad correcta y en el
orden correcto” (p.80).
