No hay nada que me enganche más rápido a un libro que sus primeras frases. Estas son para mí un disparo que marca sin tregua el inicio de una trayectoria muchas veces turbulenta otras tantas tranquila y apacible.
Quienes, así como yo, nos sentimos seducidos por los inicios de los textos que leemos, posiblemente escuchen el retumbar de las palabras de aquellos a los que son imposibles de olvidar.
Aun con el pasar de los años, resuena en mis oídos el eco de esa oración fatídica que marcó el punto de partida para la obra de Gabriel García Marquez, Crónica de una muerte anunciada. Su autor nos da el final desde el mismo inicio del libro. De entrada sabemos que mataron a Santiago Nasar. Ya con esa información, al lector solo le interesa saber por qué y cómo: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.”
Ya muchos años antes, Kafka, nos ofrece la imagen de un personaje monstruoso desde las primeras líneas de su obra La metamorfosis: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Esa primera línea fue el motor que despertó mi curiosidad para saber cómo llegó a ese punto.
Reitero con firmeza, que la gran mayoría de los libros que me han enamorado, me hacen caer apasionada a ellos desde las primeras líneas. Así con sus palabras envolventes caí en completa rendición por esta idea de Carlos Ruiz Zafón en La sombra del viento: “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados”.
Muchos de mis escritores favoritos me subyugaron por ver primera con esa manera muy peculiar con que iniciaron su trayecto escrito en una obra. Algunas frases fueron largas, otras muy cortas como la de José Saramago: “Al día siguiente no murió nadie.”, en su obra, Las intermitencias de la muerte.
En Ciudad de cristal, Paul Auster, me deleita con una frase dicha como si fuese un susurro: "Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces
en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era
él".
Recientemente
terminé el recorrido del libro El infinito en
un junco. Irene Vallejo me embrujó con su oración “La mujer del mercader, joven y
aburrida, duerme sola”.
Nunca
me voy al final de un libro hasta que no hago un recorrido por cada una de sus
páginas. Soy una lectora paciente que, así como se engancha con la primera
frase, espera tranquila ese cierre final de la gran aventura de leer.
¿Dejo a un lado los libros que
no me engatusaron desde el principio? Definitivamente no. Hay enamoramiento que
se van dando lento, pero con paso seguro. Ahora bien, si el libro tiene un gran
comienzo, no puedo resistirme a caer en sus redes de palabras inmediatamente. Estoy
segura que no soy la única que se deja enredar por los comienzos de los libros.
