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Siempre he
creído en el poder enorme que tienen las palabras. Ellas pueden alegrar,
entristecer, sanar, destruir, emocionar, entusiasmar, enamorar… En su libro El poder de las palabras, Mariano Sigman
enaltece la capacidad de transformación extraordinaria que tienen las palabras.
Expresa la relevancia que tiene la buena conversación y la plantea como una fábrica
de ideas sorprendentes que tenemos a nuestro alcance para transformarnos,
llevar una vida emocional más plena y ser mejores personas.
Pero tal como lo dice el antiguo
dicho: el lenguaje es un arma de doble filo. Con frecuencia escucho palabras de
personas cercanas que laceran mi alma. A veces, alguien proyecta sus miedos o
los problemas de otros buscando, con intención o sin ella, hacerme sentir vulnerable.
Por suerte, tengo herramientas personales que me ayudan a contrarrestar dichas
palabras.
Quizás no sea la única. Probablemente algunos de ustedes les ha sucedido
que en plena celebración de una alegría les lanzan un comentario para oscurecer
el breve instante de felicidad; en medio de la narración de la proyección de un
deseo, llegan los proyectiles de palabras que describen las limitaciones para
no lograrlo. Muchas veces estas ideas, se arrojan sin malas intenciones, de
forma deliberada y espontánea, porque está en la naturaleza pesimista del Ser
que la pronuncia.
Corroboro con Sigman sobre el poder de las palabras, pero sostengo
que tan peligrosa como las palabras también lo son las omisiones. En conversaciones
con los demás, cuando omitimos palabras o ideas, dejamos al libre albedrío de
la otra persona completar los huecos que faltan con sus propias ideas. Y ahí
está el peligro, pues el cerebro ajeno, edificará informaciones muy
lejanas a las que quisiste decir.
Mi gran optimismo me ayuda a contrarrestar las palabras que me dirigen
y que quieren afectar negativamente mis emociones; pero también mis reflexiones
me hacen preguntarme hasta qué punto mis palabras dirigidas hacia los demás y a
mí misma alegran, entristecen, enaltecen o enjuician… Es por ello que, no está
de más revisar varias veces los textos que enviamos por las redes a los demás, para
asegurarnos que las palabras que decimos no comprometan de manera inexorable
las emociones ajenas y cambie el curso de lo que queremos expresar; pero sobre todo para evitar que las
omisiones nos lleven por derroteros donde no quisiéramos ir.
De uso espontáneo y cotidiano, las palabras están ahí para hacernos
entender la maravilla de las conversaciones como un trayecto grandioso hacia el entendimiento de las personas. Pero también, hay que cuidarse de ellas y sus
omisiones, reflexionando sobre la influencia que tienen en las emociones de los
demás y las propias. Es importante observar la manera en que nos hablamos a
nosotros mismos. Y es que, como señala Sigman, “cambiar tu vida emocional
supone, en buena medida, cambiar el modo en que dialoga contigo mismo y evitar
que, por defecto, tus pensamientos se dirijan irremediablemente a lugares
oscuros llenos de frustración, angustia o ira”.

