sábado, 31 de agosto de 2024

El poder de las palabras, los peligros de la omisión

 

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Siempre he creído en el poder enorme que tienen las palabras. Ellas pueden alegrar, entristecer, sanar, destruir, emocionar, entusiasmar, enamorar… En su libro El poder de las palabras, Mariano Sigman enaltece la capacidad de transformación extraordinaria que tienen las palabras. Expresa la relevancia que tiene la buena conversación y la plantea como una fábrica de ideas sorprendentes que tenemos a nuestro alcance para transformarnos, llevar una vida emocional más plena y ser mejores personas.  

               Pero tal como lo dice el antiguo dicho: el lenguaje es un arma de doble filo. Con frecuencia escucho palabras de personas cercanas que laceran mi alma. A veces, alguien proyecta sus miedos o los problemas de otros buscando, con intención o sin ella, hacerme sentir vulnerable. Por suerte, tengo herramientas personales que me ayudan a contrarrestar dichas palabras.

Quizás no sea la única. Probablemente algunos de ustedes les ha sucedido que en plena celebración de una alegría les lanzan un comentario para oscurecer el breve instante de felicidad; en medio de la narración de la proyección de un deseo, llegan los proyectiles de palabras que describen las limitaciones para no lograrlo. Muchas veces estas ideas, se arrojan sin malas intenciones, de forma deliberada y espontánea, porque está en la naturaleza pesimista del Ser que la pronuncia.

Corroboro con Sigman sobre el poder de las palabras, pero sostengo que tan peligrosa como las palabras también lo son las omisiones. En conversaciones con los demás, cuando omitimos palabras o ideas, dejamos al libre albedrío de la otra persona completar los huecos que faltan con sus propias ideas. Y ahí está el peligro, pues el cerebro ajeno, edificará informaciones muy lejanas a las que quisiste decir.

Mi gran optimismo me ayuda a contrarrestar las palabras que me dirigen y que quieren afectar negativamente mis emociones; pero también mis reflexiones me hacen preguntarme hasta qué punto mis palabras dirigidas hacia los demás y a mí misma alegran, entristecen, enaltecen o enjuician… Es por ello que, no está de más revisar varias veces los textos que enviamos por las redes a los demás, para asegurarnos que las palabras que decimos no comprometan de manera inexorable las emociones ajenas y cambie el curso de lo que queremos expresar; pero sobre todo para evitar que las omisiones nos lleven por derroteros donde no quisiéramos ir.

De uso espontáneo y cotidiano, las palabras están ahí para hacernos entender la maravilla de las conversaciones como un trayecto grandioso hacia  el entendimiento de las personas. Pero también, hay que cuidarse de ellas y sus omisiones, reflexionando sobre la influencia que tienen en las emociones de los demás y las propias. Es importante observar la manera en que nos hablamos a nosotros mismos. Y es que, como señala Sigman, “cambiar tu vida emocional supone, en buena medida, cambiar el modo en que dialoga contigo mismo y evitar que, por defecto, tus pensamientos se dirijan irremediablemente a lugares oscuros llenos de frustración, angustia o ira”.

 


domingo, 12 de mayo de 2024


Esta forma mía de leer



No hay nada que me enganche más rápido a un libro que sus primeras frases. Estas son para mí un disparo que marca sin tregua el inicio de una trayectoria muchas veces turbulenta otras tantas tranquila y apacible.

Quienes, así como yo, nos sentimos seducidos por los inicios de los textos que leemos, posiblemente escuchen el retumbar de las palabras de aquellos a los que son imposibles de olvidar.

Aun con el pasar de los años,  resuena en mis oídos el eco de esa oración fatídica que marcó el punto de partida para la obra de Gabriel García Marquez, Crónica de una muerte anunciada. Su autor nos da el final desde el mismo inicio del libro. De entrada sabemos que mataron a Santiago Nasar. Ya con esa información, al lector solo le interesa saber por qué y cómo: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.”

Ya muchos años antes, Kafka, nos ofrece la imagen de un personaje monstruoso desde las primeras líneas de su obra La metamorfosis: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Esa primera línea fue el motor que despertó mi curiosidad para saber cómo llegó a ese punto.

Reitero con firmeza, que la gran mayoría de los libros que me han enamorado, me hacen caer apasionada a ellos desde las primeras líneas. Así con sus palabras envolventes caí en completa rendición por esta idea de Carlos Ruiz Zafón en La sombra del viento: “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados”. 

Muchos de mis escritores favoritos me subyugaron por ver primera con esa manera muy peculiar con que iniciaron su trayecto escrito en una obra. Algunas frases  fueron largas, otras muy cortas como la de José Saramago: “Al día siguiente no murió nadie.”, en su obra, Las intermitencias de la muerte.

En Ciudad de cristal, Paul Auster, me deleita con  una frase dicha como si fuese un susurro: "Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él".

Recientemente terminé el recorrido del libro El infinito en un junco.  Irene Vallejo me embrujó  con su oración “La mujer del mercader, joven y aburrida, duerme sola”.

Nunca me voy al final de un libro hasta que no hago un recorrido por cada una de sus páginas. Soy una lectora paciente que, así como se engancha con la primera frase, espera tranquila ese cierre final de la gran aventura de leer.

¿Dejo a un lado los libros que no me engatusaron desde el principio? Definitivamente no. Hay enamoramiento que se van dando lento, pero con paso seguro. Ahora bien, si el libro tiene un gran comienzo, no puedo resistirme a caer en sus redes de palabras inmediatamente. Estoy segura que no soy la única que se deja enredar por los comienzos de los libros.