Hace muchos años un gran amigo me dijo que yo era una mujer afortunada, “trabajaba y disfrutaba de mi trabajo”. En aquel tiempo me desenvolvía en dos áreas profesionales al mismo tiempo: el periodismo y la docencia. Me regocijaba con creces cada vez que investigaba y escribía mis reportajes. Me la pasaba en grande cuando preparaba mis clases y me sumergía en cada encuentro a explorar conocimientos con mis estudiantes.
Creo en la felicidad laboral y en la emoción
que puede traerte cada tarea realizada. Recuerdo
con alegría las visualizaciones que hacía con cada planificación, imaginándome cómo se desarrollarían las actividades y cómo en muchas ocasiones, la realidad
superaba el sueño. Añoro los años cuando, en los libros, buscaba con ansias mil maneras de
contarles a los lectores los últimos hallazgos sobre un tema en particular.
Eran los tiempos en que la Internet no era tan veloz y las informaciones en los
periódicos impresos eran todavía primicias.
Experimenté la felicidad laboral. Quizás sea
esta la razón por la que me niego a aceptar como una "Normalidad" el hecho de que tenga que sufrir para hacer quedar bien a una institución. Aunque la
felicidad es un estado personal, los espacios de trabajo pudieran, de vez en
cuando, dar una mirada para tener la certeza de qué tan felices somos quienes
damos el Todo por ella.
Mi amigo tenía razón, “era una mujer
afortunada”. Trabajaba en dos carreras que me gustaban y a las que sigo amando
con pasión. Había elegido bien mis
profesiones y había elegido bien los lugares para ejercerlas. Me sentía feliz.
Lástima, que en ese tiempo no estaba consciente de lo mucho que lo era.
