Muchas cosas han cambiado en apenas días y seguirán
cambiando. Estamos experimentando sensaciones y sentimientos encontrados a raudales.
Nos empeñamos en que la vida continué como siempre, pero no es así. Cada quien
lo va sobrellevando a su manera. En tales circunstancias, quizás no sea la
decisión más certera, pero me he negado a admitir algunas situaciones.
Y es que, me niego a aceptar los números estadísticos de las personas que
perdemos a cada instante, prefiero pensar en el caudal de sus sentimientos y en lo que ellos
significaron para sus seres queridos.
Me niego a mirar los videos catastróficos que generan sensaciones de miedo
y ansiedad, prefiero abrazar los memes burlones y los chistes que te escarban las risas
haciéndote olvidar las fatalidades.
Me niego a encender el televisor con sus bombardeos constantes de tragedias,
con sus evidencias de poderosos sacando provecho económico, hasta de esta
desgracia, y me aferro a la novela de turno que leo, descubriéndome otras
realidades menos inciertas.
Me niego a pensar en un futuro desastroso y me dejo envolver por el recuerdo de los hechos pasados más gloriosos que han llenado mi existencia.
Me niego a pensar en un futuro desastroso y me dejo envolver por el recuerdo de los hechos pasados más gloriosos que han llenado mi existencia.
Me niego a dejarme arrastrar por las desesperanzas, las ansiedades, los
miedos de algunos; elijo dejarme envolver por el espíritu de optimismo de otros,
por las buenas acciones que realizan personas, por el trabajo sin descanso que
hacen los profesionales de la salud y algunos servidores públicos; por la necesidad de
aprender algo nuevo cada día más.
Me niego, sin sentimiento de culpa alguno, a pensar en el fin del mundo, en
el cataclismo, en el apocalipsis descendiendo en llamas, optando por aferrarme
a la tabla de salvación de afrontar esta adversidad como una verdadera transformación del
alma.
