Sin rumbo, a ninguna parte, hay
momentos en que dan deseos de emprender el viaje. Tomar el tren que quién sabe
a dónde conduce y dejar detrás tanta desazón. Si se pudiera agarrar las vías
de otros destinos más promisorios, ¿qué yo no haría?
Quien pudiera subirse al tren y dejar
de lado la inequidad, injusticia, ausencia de oportunidad para todos,
discriminación, corrupción, desamor, ignorancia, resignación, violencia…
Subir y mirar desde lejos sin
sentirse tocado por la inmundicia que socava nuestro alrededor. Evasión a la
realidad, dirán algunos; cansancio para luchar, dirán otros; deseos de escapar…
quién sabes qué más.
Quien no quisiera tomar el tren vacío
de las más crudas debilidades humanas. Pero mis rodillas se entumecen, los pies
ni se arrastran. Debo quedarme y luchar. El instinto me exige respeto. Mi
naturaleza reclama a grito que es hora de batallar.
Lo veo partir y me convenzo que todavía
no es el momento de subir a ese tren, no vaya a ser que tratando de escapar
arrastre conmigo a todo ese lastre del que tanto huyo.
